Don Puente Costa del Este

Así conocí a Don Puente

Invitación: «Quiero inaugurar este rinconcito para todos aquellos que tengamos historias, mitos o leyendas de Costa del Este. Aquí les voy a relatar la primera de una breve serie»

Jorge Pasuchi por Jorge Passucci

Así conocí a Don Puente

Alrededor de los años ’80, veníamos de vacaciones de invierno durante una de las dos semanas. Viajábamos en micro porque no teníamos auto, hasta Santa Teresita, a la terminal que estaba en la avenida 2, ahí donde hace una curvita. De ahí tomábamos un taxi y llegábamos a la casa alpina de nuestro amigo, ubicada en la avenida 2, número 375.

Teníamos por costumbre, en las tardes soleadas de invierno, irnos después de almorzar a alguna hondonada en el bosque donde había un mantel de sol. Ahí nos sentábamos, mientras nuestros pequeños hijos hacían casitas con ramas y pinocha alrededor de los pinos. Casitas en las cuales, después, estaríamos invitados a tomar la merienda.

Nosotros nos aturdíamos con el silencio y el sonido rítmico del mar a lo lejos, como si fuera el corazón de toda esa naturaleza. Mirábamos los pájaros y el sol filtrándose entre las ramas de los pinos, creando a nuestros pies efímeros cuadros de infinitas formas.

Un día estábamos en estos devaneos cuando, de pronto, escuchamos pasos acompasados y el crujido de ramas y piñas al pasar del marchante. Venía del lado del mar, y nuestras miradas quedaron clavadas hacia el este; incluso nuestros hijos dejaron su construcción.

La marcha se escuchaba cada vez más cercana. De pronto, divisamos entre los pinos una figura longilínea con sobretodo negro, gorra gris oscura y botas de lluvia hasta debajo de la rodilla, acompañado por un par de perros. Venía marchando por el bosque como un soldado de la Alemania Nazi.

Llegó hasta nosotros, se detuvo, se descubrió la cabeza, masculló su nombre y dijo: «Cuido casas.» Sin salir de nuestro asombro, apenas lo saludamos. Siguió su marcha hacia calle Las Violetas y se perdió de nuevo.

Aquella aparición nos dejó con un montón de preguntas, pero le pusimos un nombre: El Führer.

A los pocos días lo vimos internándose en la esquina de Las Camelias y Las Amapolas y lo perdimos de vista. Varias veces más lo vimos entrar en esos terrenos, entonces pensamos que allí vivía. Pero lo extraño es que no se veía ninguna casa y pasaron muchos años hasta que pudimos ver su casa, por así decirlo.

Un día, juntando hongos cerca de esa esquina, el señor nos invitó a pasar a su terreno donde había muchos hongos. Recién ahí supimos que su apellido era Puente, y pasó a ser «Don Puente». En esas circunstancias pudimos ver lo que era su casa: unas cuantas chapas amontonadas formaban un monoambiente bastante precario.

Otro invierno, mucho más tarde, nos enteramos de que Don Puente había muerto, y esta noticia venía cargada de imágenes truculentas, como que lo habían encontrado después de varios días a partir del fétido olor, y que estaba medio roído por las ratas. Pero algunas noches después, una madrugada yendo a pescar, vimos entrar gente al terreno con palas al hombro. Esta escena se repetía en distintos días y nos llamó mucho la atención. Ahí nos contaron este mito costaesteño.

Se corrió la voz que Don Puente cobraba una suculenta jubilación en euros o en dólares, que guardaba celosamente en un portafolio de cuero enterrado en su terreno. Así era que se sucedían los buscadores de tesoros. Nunca se supo si alguien lo halló, y por esa razón, el mito sigue vivo.

Pero más allá de este supuesto tesoro, los que conocimos a Don Puente nos llevamos en el alma su verdadero tesoro: haber sido un buen hombre.

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